El 19 de agosto no es un día cualquiera. Es la fecha que partió mi vida en dos. Ese día, hace cuatro años, se fue mi hermano. Y desde entonces, todo cambió.
Este capítulo de Detrás del Like es distinto. No hay entrevista, no hay otro invitado: esta vez soy yo, la hermana, la que quedó rota, la que ha intentado reconstruirse desde el dolor, la que aprendió a hablar de duelo en un mundo que suele callarlo. Este episodio es un homenaje a la vida de Eduardo, a su historia, a su lucha y al amor inmenso que dejó en quienes lo conocimos.
Mi hermano se contagió de COVID-19 el 18 de julio de 2021, tras jugar un partido de fútbol, lo que más amaba. A los pocos días, comenzó la pesadilla: fiebre, dificultad para respirar, saturación baja, hospitalización, intubación, terapia ECMO… y luego, una sucesión de paros cardíacos que lo hicieron resistir con una fuerza sobrehumana. Siete paros. Siete intentos por aferrarse a la vida. Porque él quería vivir. Quería ver crecer a su hija Sarita y conocer a su hijo Eduardito, que estaba por nacer. Quería seguir al lado de Luisa, su esposa, de mis papás, de mí.
Durante esos días en la clínica, mi familia vivió una montaña rusa entre la esperanza y el terror. Conseguimos medicamentos costosos, activamos cadenas de oración, hicimos videollamadas que nos llenaban de ilusión porque lo veíamos abrir los ojos, mover sus manos, responder. Yo misma reuní mensajes de toda la familia y amigos para hacerle un video con sus canciones favoritas, para que lo viera y recordara todo por lo que debía luchar.
Pero el 19 de agosto, a la 1:33 p. m., justo después de que mi mamá, Luisa y yo lo vimos por última vez, recibimos la llamada: Eduardo había tenido un nuevo paro. Lo reanimaron durante 33 minutos. Y se fue.
No puedo describir el dolor de ese momento. Me tiré al pasto de la clínica y lloré como una niña. Porque no solo perdí a mi hermano: perdí a mi fan número uno, al que me decía que yo era una dura, la que podía con todo, la que no debía rendirse. Perdí al único que me hablaba bonito sin pedir nada a cambio. Y hasta hoy, nadie ha ocupado ese lugar.
Ese día comenzó una nueva vida para todos. Para mis papás, que perdieron a su hijo consentido. Para Luisa, que tuvo que parir sin él y criar a dos hijos con una fortaleza admirable. Para Emilia, mi hija, que con apenas cuatro años me dijo algo que aún resuena en mi corazón: «Mamá, el tío no se ha ido, solo está en otro lado».
Para mí, fue el comienzo de una búsqueda: de sentido, de consuelo, de formas de seguir viva sin romperme cada día. Cambié el contenido que hacía en redes. Dejé de hablar solo de marketing para empezar a compartir reflexiones. Nació este podcast, y con él una necesidad de honrar, de contar, de hacer catarsis. Porque hay duelos que no se superan, solo se aprenden a cargar.
Mi hermano me sigue acompañando. Lo veo en los colibríes que aparecen en momentos clave. Lo siento en esta casa que hoy habito y que él me empujó a comprar. Lo escucho en mis recuerdos, cuando me decía: «Arriba los corazones«. Esa era su frase. Hoy la llevo bordada en el pecho y tatuada en el alma.
Este episodio es para ti, Eduardo. Para que el mundo sepa que exististe, que fuiste luz, y que lo sigues siendo.
Y para quienes leen esto y atraviesan un duelo, les digo: está bien llorar. Está bien romperse. Pero sobre todo, está bien recordar. Porque recordar también es resistir al olvido.