La confesión que no pensé hacer pública
Durante años, pensé que lo tenía todo bajo control. El trabajo, mi vida familiar, mis metas, la búsqueda obsesiva de ser mejor. Desde afuera, parecía disciplina; desde adentro, era otra cosa: un mecanismo para silenciar inseguridades que llevaba acumulando desde hace más de dos décadas.
Escucha el episodio completo en Youtube.
Este episodio especial de Detrás del Like, de cierre de año, fue íntimo, sin invitados y con la voz quebrada varias veces. En este espacio abrí la puerta a una verdad que venía postergando: no siempre sé hacia dónde voy, pero sé que no quiero regresar a la versión de mí que se castigaba por no hacerlo todo perfecto.
Escucha el episodio completo en Spotify.
Cuando el futuro se vuelve cárcel
Hay personas que viven en el pasado; yo, en cambio, llevaba años viviendo en el futuro. Un pensamiento torcido que repetía sin pausa: “Si no hago más, no voy a lograr nada”. Esa frase se convirtió en gasolina, pero también en una prisión.
Me adelantaba a todo. A lo que podía pasar, a lo que quizá nunca pasaría, a las expectativas ajenas, a mis miedos. Esa ansiedad me empujó a llenar cada minuto con tareas, responsabilidades, ideas, compromisos y contenido. Era productiva, sí, pero también estaba exhausta de tener que demostrar algo que ni siquiera sabía definir.
Y lo más absurdo: esa adicción al movimiento me hacía sentir productiva, aunque por dentro estuviera rota.
Cuando la autoexigencia se disfraza de éxito
Durante mucho tiempo confundí la autoexigencia con el estándar que “una mujer responsable debe tener”. Pero no era otra cosa que un ruido interno constante que decía:
“No eres suficiente”
“Deberías estar haciendo más”
“Cualquier cosa puede fallar”
Ese ruido no se callaba. Yo solo lo disimulaba trabajando más, ocupándome más, metiéndome en más proyectos y más ideas. Hasta que llegó un punto en el que no estaba viviendo… estaba cumpliendo.
Fue entonces cuando lo acepté:
No era disciplina. Era miedo.
No era organización. Era ansiedad.
No era ambición. Era inseguridad.
La decisión que cambió el rumbo: pedir ayuda
A los 41 años, hice algo que nunca pensé: pedí ayuda profesional. No porque estuviera “mal”, sino porque ya no quería seguir viviendo acelerada por dentro. La terapia se convirtió en un espacio para admitir algo que siempre evité decir en voz alta:
Me volví adicta al trabajo para no enfrentar mis inseguridades.
Y decirlo, por primera vez, me dio un alivio inmenso.
En terapia entendí por qué mi cabeza llevaba tanto tiempo encendida, por qué me saboteaba a mí misma y por qué esa sensación de “no ser suficiente” aparecía incluso en mis mejores momentos. Aprendí a reconocer mis propios límites, a no vivir en automático y a aceptar que no tengo que poder con todo.
El descubrimiento más duro: soltar el control
Cuando creces acostumbrada a “resolver”, soltar se siente como fallar. Pero descubrí que no es así. Soltar es reconocer que no necesito tener todas las respuestas, que no tengo que demostrar nada y que descansar no es un lujo: es parte de poder seguir.
Aprendí a mirar mi vida desde el presente, no desde esa obsesión por el mañana. A confiar en que también merezco calma. A bajar el volumen de esa voz interna que me decía que no era suficiente. Ahora la escucho… pero ya no le creo.
Un cierre necesario: mi compromiso conmigo misma
Este episodio no es solo un cierre de temporada; es un cierre de ciclo. Una conversación honesta conmigo misma, que necesitaba soltar para poder comenzar 2026 sin el peso de mis propias expectativas.
Si algo me regaló este proceso es esto: la vida no se trata de hacer más, sino de hacer lo correcto para uno mismo.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que lo estoy haciendo.
Una invitación para quien se sienta igual
Si tú también estás cansado de correr, de cumplir, de demostrar, de vivir en automático, de ser fuerte todo el tiempo… quiero que sepas que no estás solo. Buscar ayuda no es debilidad. Hablar tampoco. Parar, mucho menos.
A veces el acto más valiente es admitir:
“No puedo con todo. Y está bien”.
