En el más reciente episodio de Detrás del Like, la historia no gira alrededor de métricas, estrategias digitales ni crecimiento en redes. Gira alrededor del amor, la pérdida y la transformación. La protagonista es María Angélica Escárraga, una economista que, tras la muerte de su esposo, convirtió el dolor en un emprendimiento con alma: Amor Ágape Colombia. Así se lo contó a Paula Castillo Lenis.
Su testimonio no es una historia de superación inmediata. Es, como ella misma lo deja ver, un proceso íntimo, silencioso y profundamente humano.
Una mujer que aprendió a reconstruirse
“Si tú me hubieses hecho esta pregunta hace dos años y medio, no te lo hubiera podido contestar”, confiesa cuando le preguntan quién es hoy. María Angélica nació en Armenia y vive desde hace 22 años en Bogotá, ciudad que —dice— le abrió las puertas y le permitió construir su hogar. Viene de una familia humilde. Su madre, una mujer trabajadora y luchadora, falleció hace 24 años, una pérdida que marcó un punto de quiebre en su vida.
Tras la muerte de su mamá en 2001, decidió dejar Armenia y comenzar de nuevo en Bogotá junto a su hija y su pareja de entonces. La decisión no fue cómoda ni segura: consiguió un contrato inicial por solo tres meses, luego de viajar a la capital sin certezas, dejando su vida organizada atrás y apostándole a una oportunidad laboral.
María Angélica, durante años trabajó como jefe de planeación en distintas entidades, acostumbrada a proyectar el futuro, a estructurar escenarios, a pensar estratégicamente. Pero la vida le demostraría que no todo se puede planear.
Héctor: un amor de 25 años
María Angélica compartió 25 años de relación con Héctor, 20 de ellos viviendo juntos en Bogotá. Él no era el padre de su hija, pero asumió ese rol con amor y compromiso. Cuando la madre de María Angélica estaba enferma de cáncer, le pidió a Héctor que cuidara a sus hijas. Y él lo hizo durante todo el tiempo que estuvieron juntos.
Lo describe como un hombre inteligente, con gran sentido del humor, sensibilidad estética y pasión por lo organizado y lo bello. Aunque también era economista, decía que su carrera frustrada era la arquitectura, porque amaba los espacios bien pensados y la construcción. Su proyecto de vida incluía incluso la idea de crear una empresa familiar de consultoría. Pero los planes cambiaron.
Héctor falleció de manera súbita. Y con su partida, María Angélica sintió que el piso desaparecía.
El vacío y el taller que cambió su mirada
“Yo no tenía ni idea qué hacer con mi vida”, recuerda al hablar de los días posteriores a la muerte de Héctor. Estaba en blanco. Apenas diez días después del fallecimiento, llegó a ella la posibilidad de participar en un taller para esposas en duelo. Así llegó a Alma Conexión Plata, liderado por Sandra Díaz Cuesta. Ese espacio le ofreció una perspectiva distinta sobre la muerte y la trascendencia. Comprendió que, aunque el cuerpo físico muere, la energía y el amor permanecen.
En el taller aprendió rituales para orar por el alma, para ayudar en el proceso de trascendencia y para soltar responsabilidades pendientes. Y allí apareció un elemento que más adelante sería central en su vida: la luz. Encender una luz como símbolo de intención, de acompañamiento, de amor que continúa.
Ese entendimiento transformó su manera de vivir el duelo.
Amor Ágape: no una marca, sino una resignificación
De ese proceso nació Amor Ágape Colombia. No como una estrategia comercial, sino como una forma de resignificar el dolor.
María Angélica lo dice con claridad: no busca hacerse millonaria ni llenar sus bolsillos; su propósito es otro. Quiere transmitir amor y luz. Quiere que cada vela sea un vehículo de intención.
Su mayor satisfacción no está en las ventas, sino en los mensajes que recibe: personas que le cuentan que al encender las velas sienten una energía linda, mucho amor, una presencia especial. Eso, para ella, confirma que el propósito está vivo.
Junto a su hija Natalia —a quien llama Nati— se convirtió en “forjadora” de este proyecto. Ambas sostienen el emprendimiento con la convicción de que el amor no muere con la muerte física.
En palabras de la propia conversación, quizás la empresa de consultoría que soñaban no se dio porque los planes eran otros: un emprendimiento de velas con propósito, nacido del duelo pero sostenido por la luz.
Habitar la vida sin dejar de amar
Uno de los aprendizajes más poderosos que deja su historia es que el duelo no es una línea recta ni un proceso que se “supera”. Es una transformación. Es aprender a habitar la vida sin dejar de amar a quien ya no está físicamente.
En el episodio, la conversación fluye sin edición, como un espacio seguro para hacer catarsis, llorar, recordar y resignificar. Esa honestidad es precisamente lo que conecta. Porque detrás del emprendimiento, detrás de Instagram, detrás de cada vela, hay una mujer que un día no sabía quién era y que hoy puede definirse como una emprendedora con propósito.
María Angélica no habla desde la teoría. Habla desde la experiencia de haber perdido a su compañero de vida y haber descubierto que el amor —cuando es profundo— no termina con la muerte.
Se transforma. Se convierte en luz.
