De La Pulla al teatro, del escrutinio público al silencio elegido: una conversación sobre poder, odio digital y el valor de bajarse del lugar donde todos te aplauden.
Durante casi una década, María Paulina Baena fue uno de los rostros más incómodos del periodismo colombiano. Desde La Pulla, un formato digital que rompió las reglas del oficio tradicional, se atrevió a decir lo que muchos pensaban y pocos se atrevían a pronunciar. Con sarcasmo, rigor y una estética que parecía simple —pero no lo era—, cuestionó al poder en un país donde hacerlo tiene costos reales
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Pero cuando estaba en el punto más alto de reconocimiento, decidió hacer algo aún más disruptivo: irse.
En Detrás del Like, Paula Castillo Lenis conversó con María Paulina, quien no habla desde la nostalgia ni desde el personaje. Habla desde el tránsito. Desde la incomodidad de no saber quién se es cuando se suelta el lugar que te dio identidad, visibilidad y aplausos.
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La irreverencia como construcción (y como malentendido)
Durante años, el adjetivo que más se repitió alrededor de su figura fue “irreverente”. Sin embargo, ella misma lo desmonta con una frase que lo explica todo: “Yo soy una mujer bastante convencional, pero incómoda con el hecho de ser”
La irreverencia, dice, no era tanto una esencia como una necesidad del formato y del momento. La Pulla exigía un tono, una postura, una energía capaz de romper el ruido informativo. Y ese tono terminó convirtiéndose en personaje. Un personaje eficaz, sí, pero personaje al fin y al cabo.
Ese matiz es clave: muchas veces el público confunde la voz con la persona, el formato con la identidad. Y ahí empieza uno de los conflictos más profundos de la vida digital.
Uno de los mitos más persistentes alrededor de La Pulla fue la idea de facilidad. Como si el éxito digital fuera resultado de improvisación o ligereza. María Paulina lo dice sin adornos: detrás de cada video había investigación, discusiones editoriales, equipos completos y decisiones conscientes de no publicar si no había sustento suficiente.
Ese rigor fue precisamente lo que convirtió a La Pulla en un referente. No solo por su tono, sino por su disciplina. Si no había investigación, no había video. Así de simple.
Y cuando llegó la respuesta de la Casa de Nariño —una “contrapulla” oficial—, entendieron que lo que estaban haciendo ya no era un experimento: era un actor real en la conversación pública del país.
El odio como costo invisible del poder digital
Con la visibilidad llegó algo más: el odio. Especialmente en redes como Twitter, un espacio que María Paulina describe sin eufemismos como un lugar diseñado para “ser peor persona”.
Amenazas, insultos, violencia simbólica y ataques con un componente claramente misógino marcaron una etapa que terminó afectándola profundamente. Tanto, que decidió dejar de presentar La Pulla durante un tiempo. No porque no creyera en el proyecto, sino porque ya no quería ser el pararrayos de toda esa agresión.
La conversación pone sobre la mesa algo incómodo pero necesario: el odio digital no se reparte de manera equitativa. No es lo mismo ser hombre que mujer. No es lo mismo opinar que encarnar el símbolo de una postura política.
Irse también es una forma de valentía
Después de años habitando el plano digital, María Paulina decidió mudarse al plano físico. Tomarse un año sabático en España. Bajarse de la lógica de la productividad constante. Hacer teatro. Actuar. Vivir sin tener que opinar todo el tiempo sobre todo.
En una cultura obsesionada con los planes a cinco, diez y quince años, ella propone algo radical: no saber. No tener Excel de vida. No responder quién será mañana.
Lejos de verse como una renuncia, ese gesto aparece en la entrevista como una conquista. La posibilidad de volver a hacerse preguntas sin la presión de tener respuestas brillantes listas para publicar.
Más allá del like
Quizás el cierre más potente de la conversación llega cuando habla de la relación entre creación y validación. De hacer contenido —o arte— no para gustar, sino para hacerse bien a uno mismo. De crear desde un lugar que no esté permanentemente condicionado por la reacción ajena.
Porque al final, dice, lo verdaderamente peligroso no es quedarse sin likes, sino quedarse sin voz propia.
Por qué este episodio importa
Este capítulo de Detrás del Like no es solo una entrevista a una figura reconocida del periodismo digital colombiano. Es una radiografía honesta sobre lo que implica tener poder simbólico, sobre el costo emocional de habitar las redes y sobre la valentía silenciosa de elegir otros caminos cuando el mundo espera que te quedes donde estás.
María Paulina Baena no volvió para repetir el personaje. Volvió para recordarnos que, a veces, el acto más político es volver a ser persona.
