Las redes sociales están llenas de likes, pero pocas veces nos detenemos a preguntar qué hay detrás de ellos. Detrás de las sonrisas, los logros y los discursos inspiradores, existen historias que no caben en un post ni se explican con una frase bonita. La de Andrea Ortiz es una de ellas.
Paula Castillo Lenis conversó en Detrás del Like con Andrea Ortiz, ella es psicóloga, terapeuta integral, coach organizacional y especialista en duelo y suicidio. Durante más de 26 años construyó liderazgo e impacto en el mundo corporativo, especialmente en Grupo Nutresa. Su carrera fue sólida, coherente, exitosa. Pero la vida —esa que no avisa— le presentó un desafío que la obligó a resignificarlo todo: la muerte de su hija mayor, María Fernanda.
Escucha el episodio completo en YouTube.
Hablar de salud mental desde la teoría es una cosa. Vivirla desde la pérdida más profunda es otra completamente distinta.
Escucha el episodio completo en Spotify.
Una historia marcada por el amor, la exigencia y la sensibilidad
María Fernanda era brillante. Desde niña se destacó por su inteligencia, su sensibilidad y su carácter intenso. Estudió Veterinaria en la Universidad Nacional, hablaba tres idiomas y estaba finalizando una maestría en virología. Era exigente consigo misma, apasionada por lo que amaba y profundamente empática con el dolor ajeno: la niña que obligó a detener una ruta escolar para enterrar un perro atropellado creció para convertirse en una investigadora rigurosa y comprometida.
También era una joven que vivía las emociones al límite. Con el tiempo, aparecieron señales: impulsividad, cambios abruptos de ánimo, relaciones intensas, miedo al abandono. Rasgos que más adelante los profesionales identificarían como compatibles con un trastorno límite de la personalidad, una condición compleja, muchas veces incomprendida y aún estigmatizada.
Andrea no habla desde la culpa ni desde el “hubiera”. Habla desde la conciencia dolorosa de entender, demasiado tarde, que incluso el amor, la presencia y el acompañamiento no siempre son suficientes.
El día que la vida se partió en dos
El 23 de abril de 2024, María Fernanda se suicidó en Argentina, en la casa de su pareja. Tenía 26 años. Estaba a punto de regresar a Colombia para continuar con su tesis. Horas antes había hablado, había aclarado dudas, había dicho sentirse tranquila. Como ocurre en muchos casos, no hubo una despedida explícita ni una señal definitiva.
La llamada llegó temprano en la mañana. “Intentó matarse”, le dijeron. Andrea entendió —por un segundo— que su hija estaba viva. No lo estaba.
Lo que siguió fue una cadena de decisiones imposibles: viajar, reconocer el cuerpo, atravesar una investigación judicial, decidir dónde descansarían los restos de su hija, sostener a su otra hija, Paula Andrea, mientras ella misma sentía que no iba a sobrevivir al dolor.
“Los primeros meses pensé en morirme. Pensé en irme con ella”, confiesa Andrea sin dramatismo, pero con una honestidad que estremece. Su tabla de salvación fue Paula, su hija menor. “No podía dejarla sola con este dolor”.
El duelo como mochila… y la decisión de no cargar más piedras
Hoy Andrea habla del duelo como una mochila pesada que se lleva todos los días. La pérdida no desaparece, no se supera, no se “sana” del todo. Se aprende a cargarla sin agregarle más peso.
Aprendió a valorar lo pequeño: el café de la mañana, el sol entrando por la ventana, la respiración consciente. Aprendió que la vida es frágil y que estar vivo no es un derecho garantizado, sino un privilegio diario.
También aprendió que el dolor, si no se resignifica, puede destruir; pero si se trabaja, puede transformarse en propósito.
Midge Coach: cuando el legado toma forma
Del nombre que María Fernanda usaba en Argentina —“Midge”— nació Midge Coach, el proyecto con el que Andrea decidió enfocar su vida profesional en el acompañamiento emocional, el duelo y la prevención del suicidio. El logo no es casual: un faro. El mismo que su hija dibujó horas antes de morir y que apareció como la última imagen guardada en su celular.
Andrea no romantiza la tragedia. No vende discursos de “todo pasa por algo”. Lo que ofrece es acompañamiento real, desde la formación, la experiencia y la vivencia. Atiende a personas en duelo, jóvenes con ideación suicida, familias rotas por la pérdida. Y también se cuida: hace terapia, pone límites, entiende que no puede salvar a todo el mundo.
“Cada persona que escucha mi historia y a la que le sirve, ya le da sentido a todo esto”, dice.
Hablar de suicidio sin miedo, sin morbo y sin silencio
Uno de los mensajes más potentes de Andrea es claro: el silencio no protege. El desconocimiento no salva. Hablar de salud mental, de trastornos, de ideación suicida y de duelo es incómodo, pero necesario.
El trastorno límite de la personalidad —explica— no es una moda ni una etiqueta ligera. Es una condición profunda, ligada muchas veces a heridas de abandono, que requiere acompañamiento especializado y comprensión, no juicios.
Andrea no habla como experta distante. Habla como madre, como terapeuta y como mujer que entendió que la energía y el amor no desaparecen con la muerte: se transforman.
“Antes la tenía aquí —dice—, ahora la tengo aquí”, señala su pecho.
Detrás del Like, la vida real
La historia de Andrea Ortiz no es una historia fácil de escuchar, pero sí una historia necesaria de contar. Porque detrás del like, detrás del éxito profesional y detrás de los discursos motivacionales, hay vidas reales atravesadas por el dolor, la pérdida y la reconstrucción.
Este episodio de Detrás del Like no es solo una entrevista. Es una invitación a mirar la salud mental con más humanidad, a escuchar antes de juzgar y a entender que, a veces, el propósito no se elige: llega después de la herida.
Y cuando llega, puede convertirse en un faro.
