A los nueve años, la mamá de Diana Herrera la abandonó junto a su hermano de cuatro años en el terminal de transportes de Ibagué. A los 31, despertó una mañana sin poder ver absolutamente nada. Entre esos dos momentos, Diana atravesó violencia intrafamiliar, rechazo, embarazo joven, precariedad económica, siete cirugías fallidas, depresión profunda y dos intentos de suicidio.
Escucha el episodio completo en YouTube.
Hoy, lejos de quedarse en el dolor, es creadora de Diversidad Humana, un emprendimiento que promueve inclusión y autonomía para personas con discapacidad. Esta es la historia completa que le contó Diana Herrera a Paula Castillo Lenis en Detrás del Like.
Escucha el episodio completo en Spotify.
Una infancia marcada por el abandono
Diana tenía nueve años cuando su mamá la llevó —junto a sus dos hermanos— al terminal de transportes con la promesa de un paseo. Era mediodía. Les pidió que la esperaran. Nunca regresó.
Su hermanita de dos años se fue con ella. Diana se quedó sola, cuidando a su hermano menor. Sin comida. Sin respuestas. Sin entender.
Durante horas intentó llamar a familiares. Nadie contestaba. Su hermano tenía hambre y sed. Ella, desesperada, robó unas papas y un jugo para poder alimentarlo. Esa tarde, por coincidencia o destino, su familia paterna apareció en el terminal tras asistir a un entierro. Así se salvaron.
Desde entonces, no volvió a tener relación con su madre durante años.
Pero el abandono no comenzó ese día. Antes ya había negligencia: los dejaba todo el día en un parque con una bolsa de maíz y agua panela mientras ella trabajaba o salía. Diana, siendo apenas una niña, crió a sus hermanos.
Cuando años después decidió buscarla, la respuesta fue aún más dolorosa: su madre le dijo que debió haberla abortado y que sus hijos le habían arruinado la vida. Ese día Diana decidió no volverla a buscar jamás.
Rebeldía, embarazo joven y empezar desde cero
Su adolescencia estuvo atravesada por castigos físicos severos y violencia intrafamiliar. Sin una guía afectiva clara, se volvió rebelde. A los 20 años quedó embarazada.
Algunos familiares le dijeron que sería “igual que su mamá” y que abandonaría a su hija. La presión fue tal que tuvo que irse de la casa. Se mudó con su pareja —con quien lleva más de 24 años de relación— y empezó a construir su propio hogar.
Trabajaba de día, estudiaba negocios internacionales de noche y criaba a su hija Angi Lorena. Era madre, estudiante y empleada al mismo tiempo.
Hasta que todo cambió.
El dolor de cabeza que terminó en oscuridad
A los 29 años comenzaron los síntomas: dolor de cabeza intenso, visión doble, borrosa. Un día, mientras almorzaba por su cumpleaños, veía el plato duplicado. Cortaba en un lugar que no era.
El diagnóstico fue devastador: desprendimiento de retina progresivo. Los médicos le advirtieron que en cualquier momento podría quedar ciega.
Durante un año se sometió a inyecciones intraoculares mensuales —directamente en el ojo— para intentar conservar la visión. Eran costosas y la EPS no las cubría totalmente. Diana organizó rifas, chocolatadas, fiestas. En una ocasión, incluso estuvo a punto de ser detenida por organizar un evento para recaudar fondos.
En total, le realizaron siete cirugías en menos de cuatro años.
Nada funcionó.
Una noche se acostó viendo muy poco. A la mañana siguiente abrió los ojos y todo estaba oscuro.
Tenía 31 años.
Depresión, culpa y dos intentos de suicidio
La pérdida total de la visión no solo fue física. Fue emocional. “Es diferente nacer sin ver a perder la vista cuando ya tienes una vida organizada”, dice.
Entró en una depresión profunda que duró cerca de tres años. Se aisló. Se sentía una carga. Irritable. Amargada. Inútil.
Intentó quitarse la vida en dos ocasiones. La primera vez, su hija llegó inesperadamente antes de la hora habitual. La segunda, su esposo regresó a casa porque había olvidado algo.
Ella hoy lo interpreta como intervenciones divinas.
Pero el punto de quiebre llegó gracias a una frase de su hija, que entonces tenía poco más de 11 años:
“¿Tú no crees que Dios tiene un propósito contigo?”
Esa pregunta la despertó.
Aprender a vivir de nuevo
Diana inició un proceso de rehabilitación para adultos ciegos. Aprendió a reconocer espacios, a usar el bastón, a moverse con autonomía.
No fue fácil. La falta de empatía social la golpeó. La primera vez que salió con bastón, escuchó a alguien decir:
“Eso le pasó por ser tan vanidosa.” Durante un tiempo incluso llegó a creerlo. La terapia psicológica fue clave para reconstruirse. Aprendió que su discapacidad no era un castigo. Que no tenía que pedir perdón por existir. Que podía volver a disfrutar.
Su esposo fue un apoyo incondicional. Aunque ella le pidió que se fuera, él decidió quedarse. Se casaron después de que ella perdiera la visión. “Yo tengo fe de que algún día voy a ver las fotos de ese matrimonio”, afirma.
De la oscuridad al propósito: nace Diversidad Humana
Tras superar la depresión, Diana entendió que su historia no era solo dolor: era herramienta.
Así nació Diversidad Humana, un emprendimiento enfocado en promover inclusión, conciencia y herramientas prácticas para que las personas con discapacidad puedan moverse por el mundo con mayor seguridad y autonomía.
Desde sus redes y espacios de conversación, Diana habla de empatía, accesibilidad, adaptación y salud mental. No desde la teoría, sino desde la experiencia.
Su historia no es solo una narrativa de superación: es una invitación a mirar distinto la discapacidad y a entender que la inclusión no es caridad, es responsabilidad social.
Más allá del like
En un mundo digital que muchas veces romantiza la resiliencia, Diana Herrera muestra lo que hay detrás del like: abandono, dolor, cirugías, deuda, depresión, culpa… y también amor, fe, familia y propósito.
Perdió la vista, pero ganó claridad. Hoy no necesita ver para iluminar. Y su historia demuestra que incluso en la oscuridad más absoluta, puede nacer una misión.
