Mariana e Isabela eran gemelas. Crecieron juntas, estudiaron juntas, patinaron juntas y construyeron ese lenguaje íntimo que muchas veces solo existe entre dos hermanas. Pero en 2025 un cáncer agresivo cambió la historia de su familia: Mariana murió a los 12 años y Johanna Murillo tuvo que enfrentarse a una de las experiencias más devastadoras que puede atravesar una madre, mientras intentaba seguir siendo mamá de Isabela, una adolescente que también acababa de perder a la persona que había estado a su lado desde antes de nacer.
“Éramos las tres, ahora somos dos”.
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Johanna Murillo pronuncia la frase sin adornos. Durante años, ella y sus hijas gemelas, Mariana e Isabela, formaron un pequeño universo. Aunque el padre de las niñas permaneció presente en sus vidas, la cotidianidad de la crianza transcurría principalmente entre ellas tres: los estudios, los entrenamientos, las conversaciones, los secretos y esa dinámica particular de dos hermanas que, aunque tenían personalidades diferentes, habían crecido prácticamente una al lado de la otra.
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Hoy falta una.
Mariana murió en 2025, a los 12 años, después de una enfermedad que avanzó con una velocidad para la que nadie en su familia estaba preparado. Johanna cuenta su historia en Detrás del Like no solamente para hablar del día en que perdió a su hija, sino para ponerle palabras a todo lo que ocurre después, cuando una madre debe aprender a vivir en una casa donde siguen estando los objetos, los recuerdos y las rutinas de alguien que ya no regresará.
Una pregunta que una madre nunca quiso responder
En algún momento de su enfermedad, Mariana le hizo a su mamá una pregunta imposible:
“Mamá, ¿me voy a morir?”.
Johanna nunca pudo decirle que sí.
No importaba qué tan complejo fuera el diagnóstico ni cuánto se deteriorara su estado de salud. Su manera de protegerla fue mantener viva la posibilidad de que saldrían adelante. Para ella, contarle a su hija que podía morir significaba quitarle algo que todavía consideraba indispensable: las ganas de luchar.
La enfermedad había aparecido casi sin aviso. Meses antes, Mariana había comenzado a presentar molestias que parecían no tener relación entre sí: un dolor en la espalda, posteriormente dolores de cabeza y después dificultad para respirar. Hubo consultas médicas, tratamientos y diagnósticos iniciales asociados con problemas respiratorios.
Hasta que una imagen cambió todo.
Los estudios mostraron una masa y posteriormente una biopsia confirmó un rabdomiosarcoma. La enfermedad estaba comprometiendo seriamente su organismo y la masa ejercía presión sobre estructuras vitales. En cuestión de semanas, aquella familia que todavía intentaba entender un diagnóstico desconocido entró en una sucesión de hospitalizaciones, procedimientos, quimioterapia y unidades de cuidados intensivos.
La velocidad de todo fue brutal.
Entre finales de enero y mediados de febrero ya habían ocurrido cambios que Johanna apenas alcanzaba a procesar. Sin embargo, había una idea que se negaba a abandonar: Mariana iba a salir adelante.
“No se rindan”
Mariana luchó durante meses.
Hubo momentos de mejoría y otros en los que el dolor se volvió insoportable. Johanna recuerda una noche particularmente difícil en la que su hija, agotada por lo que estaba sintiendo, le decía a Isabela que quería morir del dolor.
Su mamá no quería escuchar esas palabras.
Todavía había médicos, tratamientos, posibilidades y fe.
Pero hacia finales de junio llegó la noticia que Johanna se había negado a imaginar: los médicos consideraban que ya no había opciones curativas para Mariana.
Su reacción fue inmediata.
“No se rindan”.
Porque una cosa es escuchar un pronóstico médico y otra completamente distinta aceptar que la persona de la que están hablando es tu hija.
Comenzaron entonces los cuidados paliativos. Los profesionales que acompañaban a la familia plantearon la posibilidad de hablar con Mariana sobre lo que estaba ocurriendo y preguntarle qué quería hacer en sus últimos días.
Johanna no pudo.
Para ella seguía siendo inconcebible sentarse frente a su hija de 12 años y explicarle que iba a morir.
Y, sin embargo, Mariana parecía comprender mucho más de lo que decía.
“Mamita, siempre voy a estar contigo”, le repetía.
Dos hermanas que habían sido una
La enfermedad de Mariana no ocurrió solamente entre una madre y su hija.
Al lado estaba Isabela.
Durante años, Johanna le había repetido una frase: “Cuida mucho a Mariana”. Desde pequeñas, Isabela parecía asumir naturalmente ese papel. Si Mariana olvidaba algo en el colegio, ella lo buscaba; compartían el patinaje, los planes y una complicidad que iba mucho más allá de ser hermanas.
“Ellas dos eran una”, recuerda Johanna.
Por eso, cuando la enfermedad avanzó, Isabela también empezó a vivir una realidad para la que ninguna adolescente está preparada. Sus vacaciones terminaron transcurriendo en un hospital porque su hermana la necesitaba.
Y después llegó el 14 de julio.
Mariana murió rodeada por su familia, después de meses de lucha y de varios días bajo cuidados paliativos.
Tenía 12 años.
La cama que quedó
La muerte no termina cuando alguien deja de respirar.
Después vienen la casa, las habitaciones, la ropa, los lugares y las rutinas que siguen esperando a una persona que ya no va a volver.
Para Johanna e Isabela, regresar a casa significó enfrentarse también a eso.
El espacio familiar que antes compartían dejó de sentirse igual. Isabela decidió tener una habitación individual. La cama de Mariana, sin embargo, no desapareció: Johanna la llevó a su propio cuarto.
Es una imagen sencilla, pero dice mucho sobre el duelo.
Johanna también duerme con algunos de los peluches que acompañaron a Mariana durante su hospitalización. Durante un tiempo ni siquiera podía hablarle. Apenas recientemente consiguió preguntarle en voz alta: “Mariana, ¿estás aquí?”.
No habla de haber superado la muerte de su hija. Habla de aprender lentamente a existir dentro de una vida que ya no se parece a la anterior.
La gemela que quedó
Mientras Johanna intenta comprender su propio dolor, observa otro duelo que ocurre a pocos metros de ella.
El de Isabela.
Su hija sobreviviente perdió a su hermana gemela justo en una etapa en la que ambas comenzaban a transitar de la niñez hacia la adolescencia. Johanna reconoce que Isabela vive la pérdida de una manera diferente, más silenciosa y pausada.
No la obliga a llorar.
No pretende decidir cómo debe extrañar.
Solo intenta recordarle que puede hacerlo cuando lo necesite.
Hay lugares que todavía resultan difíciles. La pista de patinaje, por ejemplo, devuelve inmediatamente la imagen de las dos hermanas juntas. Isabela intenta regresar poco a poco. Johanna todavía se derrumba algunas veces al acompañarla.
También existen fechas que adquirieron un significado completamente nuevo. Mariana e Isabela nacieron el mismo 10 de septiembre. Los cumpleaños que durante años fueron de las dos ahora obligan a la familia a descubrir cómo celebrar la vida de una sin borrar la ausencia de la otra.
Y hay una frase de Johanna que retrata esa nueva realidad con una crudeza enorme: todo el amor que antes tenían para darles a dos, ahora está concentrado en una.
La hija que también sostiene a su mamá
Isabela no es solamente la hija a la que Johanna intenta sostener.
También se ha convertido, muchas veces, en una de las razones por las que su mamá se levanta.
Después de la muerte de Mariana hubo días en los que Johanna no quería salir de la cama, bañarse ni enfrentarse al mundo. Su mamá tuvo que hacerse cargo incluso de las tareas más cotidianas. El dolor podía ocuparlo todo.
Pero Isabela seguía allí.
“Salgamos”, “hagamos algo”, “comamos”.
Pequeñas invitaciones a regresar al mundo.
Johanna reconoce que no sabe qué habría ocurrido con ella si su otra hija no hubiera estado. Ser mamá de Isabela no elimina el dolor por Mariana, pero la obliga a seguir participando de una vida que, por momentos, habría preferido detener.
Ese es uno de los conflictos más profundos de su duelo: llorar a una hija sin dejar de estar presente para la otra.
Cuando ayudar a otros se convierte en una manera de seguir viviendo
Johanna todavía tiene días en los que no quiere levantarse. Reconoce que hay momentos en los que quisiera permanecer encerrada y no hacer absolutamente nada.
Pero encontró algo que consigue sacarla de ese lugar: ayudar.
En los últimos meses se ha acercado a procesos de liderazgo y trabajo comunitario. Escuchar las necesidades de otras personas, buscar soluciones y sentirse útil le permite, por algunos momentos, salir de su propio dolor.
No porque Mariana duela menos.
Sino porque ayudar a alguien más le recuerda que todavía puede hacer algo con la vida que continúa.
“Por medio de eso, pues yo también voy sanando”, cuenta.
Su duelo no terminó. Tampoco pretende que termine.
La habitación cambió. La pista de patinaje ya no se ve igual. Los cumpleaños nunca volverán a ser exactamente los mismos y existe una cama que Johanna decidió conservar cerca de ella.
Pero también está Isabela.
Está una madre intentando aprender cómo seguir siendo madre después de haber enterrado a una de sus hijas.
Y está Mariana, presente en una frase que le repetía a Johanna cuando probablemente entendía mucho más de lo que los adultos se atrevían a decirle:
“Mamita, siempre voy a estar contigo”.
La conversación completa con Johanna Murillo estará disponible en Detrás del Like, un episodio sobre la muerte de Mariana, pero sobre todo sobre lo que ocurre después: cómo se sobrevive a la pérdida de una hija, cómo vive el duelo la hermana gemela que permanece y cómo una familia intenta reconstruir una vida en la que una ausencia está presente todos los días.
