Doce años después de la muerte de Ray, Paula Castillo decidió contar por primera vez en Detrás del Like la historia del perro que creció junto a ella y su hermano, murió de manera repentina y le enseñó, mucho antes de enfrentar las pérdidas más dolorosas de su vida, que el duelo no distingue entre especies.
“Un borracho atropelló a mi perro y lo mató”.
Escucha el episodio completo en YouTube.
Así comienza Paula Castillo uno de los episodios más personales de Detrás del Like. Esta vez no hay invitado, entrevista ni una historia ajena que descubrir. Hay un micrófono y un recuerdo que ocurrió hace 12 años, pero que todavía ocupa un lugar en su vida.
Escucha el episodio completo en Spotify.
Era la noche del 22 de febrero de 2014. Hasta entonces, Paula nunca había enfrentado la muerte de alguien cercano. No sabía realmente qué significaba atravesar un duelo. Ray terminaría enseñándoselo.
Era un chow chow que había llegado a su familia en 2004 después de que Paula y su hermano Eduardo insistieran durante mucho tiempo para que su mamá les permitiera tener un perro. Crecieron con él. Los acompañó durante los últimos años de colegio de Eduardo y los primeros años universitarios de Paula. Era obediente, tranquilo y estaba acostumbrado a caminar junto a ellos sin correa.
Diez años después, todo terminó en cuestión de segundos.
Una llamada a medianoche
Paula ya no vivía en la casa familiar. Se había ido seis meses antes a vivir con quien hoy es su esposo y Eduardo había quedado encargado principalmente de Ray.
Cerca de la medianoche, el teléfono sonó.
Era su hermano llorando.
“Paula, por favor ayúdeme. Acaban de atropellar a Ray. Necesito una veterinaria que atienda 24 horas”.
Mientras Paula y su esposo buscaban desesperadamente una clínica veterinaria, todavía no conocían la dimensión de lo ocurrido.
Eduardo estaba esa noche con un amigo cerca de una tienda del barrio Marantá, al norte de Bogotá. Ray, como tantas otras veces, estaba a su lado. El perro permanecía echado cerca del andén cuando un vehículo entró a gran velocidad y pasó sobre él antes de que siquiera pudiera levantarse.
Eduardo alcanzó a lanzarse hacia el pasto para evitar el carro.
Con los años, Paula ha pensado muchas veces en ese instante y llegó a una conclusión que todavía la conmueve: si Ray no hubiera estado allí, posiblemente quien habría recibido el impacto habría sido su hermano.
“Estoy absolutamente segura y hoy lo digo: Ray le salvó la vida a mi hermano”.
Quien conducía era una persona conocida por ellos y, según relata Paula, estaba borracha. Ray fue llevado inmediatamente a una veterinaria, pero el impacto había provocado graves hemorragias internas.
Murió poco después.
“Mi último contacto con Ray fue regañarlo”
Pero hubo algo que hizo todavía más difícil aquella muerte.
El día anterior, Paula había visitado a su mamá para mostrarle el carro que acababa de comprar. Ray tenía una costumbre: cada vez que encontraba las puertas de un vehículo abiertas, se subía.
Y eso hizo.
Paula, preocupada porque llenaría de pelos su carro nuevo, lo hizo bajar y lo regañó.
Fue la última vez que lo vio.
Cuando horas después recibió la noticia de su muerte, aquella escena aparentemente insignificante comenzó a repetirse en su cabeza.
“Mi último contacto con Ray fue regañarlo porque se subía al carro y me lo llenaba de pelos”.
La culpa apareció junto con el dolor. Paula recuerda haberse escurrido contra una pared de su apartamento mientras lloraba desconsoladamente. Pensaba que no había podido despedirse, que su último gesto hacia el perro que había amado durante una década había sido un regaño.
Al día siguiente, la familia llevó el cuerpo de Ray al bosque que rodeaba el barrio donde habían crecido. Allí cavaron un hoyo, lo enterraron y sembraron un árbol.
Pero el duelo apenas comenzaba.
Durante aproximadamente seis meses Paula lloró su muerte. Cada vez que regresaba a la casa de su mamá y pasaba por el lugar exacto donde había ocurrido el atropello, volvía a quebrarse.
Algunas personas a su alrededor no comprendían la dimensión de ese dolor.
“Bueno, es un perro”, escuchaban.
Pero para Paula y su hermano nunca había sido “un perro”.
Era familia.
El duelo que llegó antes de otros duelos
Después de la muerte de Ray, Paula tomó una decisión: no quería volver a tener un perro.
No porque hubiera dejado de amarlos, sino precisamente porque los amaba demasiado.
“No quiero volver a sufrir de la manera en que he sufrido por Ray”, recuerda haber dicho.
Y durante mucho tiempo cumplió esa promesa.
Hoy, sin embargo, cuando mira hacia atrás, entiende aquella pérdida desde otro lugar. Ray fue su primer duelo. La primera vez que experimentó la ausencia repentina, la culpa por aquello que quedó sin hacer, la imposibilidad de despedirse y esa extraña sensación de que la vida que existía unas horas antes ya no volvería.
Después llegarían otras pérdidas.
Su abuela, una de las personas más importantes de su vida y quien también había desarrollado una relación entrañable con Ray, murió a los 98 años, apenas 12 días después de conocer a Emilia, la hija de Paula.
Años más tarde murió Eduardo, su hermano.
Y aquella sería una pérdida que, como cuenta Paula, le cambiaría la vida para siempre.
Por eso hoy mira hacia 2014 y siente que, de alguna manera, aquella primera experiencia estaba enseñándole algo que todavía no podía comprender.
“Yo hace 12 años entendí que el duelo era algo que a mí me iba a afectar mucho y siento que Dios y la vida me estaban preparando para lo que venía en los años venideros”.
El perro en cuyos ojos encuentra a Ray y a su hermano
Muchos años después, un perro volvió a entrar en la vida de Paula.
Se llama Dante.
Es un husky de ojos intensamente azules que llegó a su familia después de que ella finalmente se permitiera volver a tener una mascota.
Y desde entonces ocurre algo que Paula reconoce que puede resultar difícil de explicar racionalmente.
Está convencida de que en Dante hay algo de Ray.
Los dos tienen una pequeña mancha en el mismo lugar. Comparten una mirada que para ella es inconfundible. Ambos son perros particularmente tranquilos y obedientes.
Pero existe otra coincidencia todavía más profunda.
Los ojos azules de Dante le recuerdan los ojos de Eduardo.
“Yo miro a Dante y a veces también veo a mi hermano en esos ojos azules”.
Un día descubrió que no era la única que lo sentía. Su mamá le confesó que a veces evitaba mirar fijamente a Dante porque tenía la sensación de estar mirando a su hijo.
“A mí me pasa lo mismo”, le respondió Paula.
No pretende demostrar que exista una explicación para ello. Lo cuenta desde la forma en que ella experimenta ese vínculo y desde una certeza íntima: siente que Ray continúa presente.
Cuando duele “demasiado” la muerte de un animal
Doce años después, Paula decidió contar esta historia especialmente por quienes han perdido una mascota y alguna vez han sentido que deberían sufrir menos.
Por quienes escucharon un “era solo un perro”.
Por quienes sintieron vergüenza de llorar durante meses.
Por quienes todavía guardan su collar, una fotografía o esperan inconscientemente escuchar sus pasos entrando a una habitación.
La muerte de una mascota puede significar también la desaparición de una rutina, una compañía cotidiana y un vínculo construido durante años. Y para quien ha amado profundamente a un animal, la ausencia puede sentirse en cada rincón de la casa.
Ray acompañó durante diez años una etapa completa de la vida de Paula y de su hermano. Su muerte cerró esa historia abruptamente.
Pero también abrió otra.
Fue el primer duelo de una mujer que muchos años después terminaría hablando públicamente sobre la pérdida y convirtiendo buena parte de Detrás del Like en un espacio para escuchar a quienes intentan reconstruir su vida después de una ausencia.
Quizás por eso, al terminar este episodio, Paula ya no habla solamente del perro que murió aquella noche de 2014.
Habla de Ray, de su abuela, de Eduardo y de Dante.
De quienes estuvieron.
De quienes se fueron.
Y de las maneras inesperadas en las que algunas personas —y algunos animales— parecen quedarse.
“Estoy segura de que Ray está por allá jugando con mi hermano y con mi abuelita en el cielo”.
