Jennifer Gómez lleva más de 20 años preparando cuerpos, acompañando familias y tratando de comprender lo que ocurre entre la muerte, el duelo y aquello que todavía no tiene explicación.
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Un hombre entró a una funeraria de Bogotá una noche de trabajo intenso, atravesó varias puertas, saludó a Jennifer Gómez y a sus compañeros, les entregó botellas de agua y los invitó a salir para conocer la motocicleta que acababa de comprar. Ellos no pudieron acompañarlo. Quince o veinte minutos después, el vigilante llegó con una noticia desconcertante: el hombre había muerto en un accidente de tránsito, lejos de Bogotá, cerca de una hora antes.
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Jennifer asegura que no estaba sola cuando ocurrió: otras dos personas lo vieron, hablaron con él y recibieron el agua. Nunca encontraron una explicación. Para ella, aquel episodio pertenece a la zona en la que terminan las certezas de su oficio y comienzan las preguntas espirituales que han acompañado buena parte de su vida.
Esa es apenas una de las historias que narró en Detrás del Like. Pero reducir a Jennifer a sus relatos de morgue sería quedarse en la superficie. Su historia también habla de vocación, dignidad, ciencia forense, cuidado, duelo y de un trabajo invisible: devolverles a las familias una imagen reconocible de la persona que aman, incluso cuando la muerte ha sido violenta.
Una vocación que comenzó antes de poder nombrarla
Jennifer Gómez Castillo es tanatóloga, tanatopraxista, disectora de cadáveres y especialista en acompañamiento del duelo y atención de víctimas de distintas formas de violencia. Según contó, fue certificada en 2004 por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y, desde entonces, ha trabajado en Bogotá, Tunja y Villavicencio. También participó en procesos de reconocimiento vinculados con Justicia y Paz y pasó por áreas como clínica, genética, balística, antropología y morgue.
Su cercanía con la muerte, sin embargo, empezó mucho antes. Su madre le contó que, cuando tenía cuatro años, se metió debajo de un ataúd durante un velorio y bebió el vaso de agua que la familia había puesto allí como parte de una tradición religiosa. A los ocho o nueve años, recuerda haber visto y saludado a un amigo de su padre en la calle. Dos cuadras después encontraron un accidente: el hombre que ella decía haber visto acababa de morir.
De niña repetía que quería estudiar medicina y especializarse en el área forense. A los 18 años, sin contactos y con pocos recursos, fue durante varios días a la sede de Medicina Legal y se sentó cerca del lugar donde entregaban los cuerpos. Esperaba que alguien le preguntara qué hacía allí. Finalmente, un hombre la abordó creyendo que aguardaba a un familiar. Ella respondió que buscaba una oportunidad para aprender.
Al día siguiente, cuenta, empezó una formación exigente que se prolongó cerca de un año. Entraba a las seis de la mañana y muchas veces no sabía a qué hora saldría. Era la más joven del grupo y sus compañeros la acogieron. Allí encontró la puerta hacia el oficio que llevaba años imaginando.
| “Esto es de pura vocación. Sin vocación, puede ser la persona más grande y fuerte del mundo, pero no va a ser capaz de hacer el trabajo”. Jennifer Gómez |
Qué ocurre cuando un cuerpo llega a sus manos
La preparación de una persona fallecida no comienza con una incisión. Comienza con una historia. Antes de abrir la bolsa o retirar la sábana, Jennifer revisa los documentos disponibles: la historia clínica, el acta de inspección o la información remitida por Medicina Legal. Verifica la identificación y se presenta ante la persona.
“Don Juan, mi nombre es Jennifer Gómez. Yo lo voy a poner bonito. Su familia lo está esperando”, suele decir. Después inicia la limpieza y desinfección, una medida necesaria tanto para proteger a quien realiza el procedimiento como para controlar la carga bacteriana propia del cuerpo después de la muerte.
El proceso cambia según la causa de muerte y según exista o no una necropsia previa. Cuando la persona ha sido sometida a una necropsia médico-legal, explica Jennifer, deben reabrirse y tratarse las incisiones; además, la ruptura de tejidos y del sistema circulatorio obliga a buscar puntos específicos para distribuir las sustancias conservantes. La cantidad y la fórmula dependen de factores como el peso, la talla, la condición del cuerpo, la retención de líquidos, los medicamentos recibidos y el tiempo transcurrido desde el fallecimiento.
La fase final pertenece a la tanatoestética: lavar el cabello, vestir, peinar, arreglar la barba, maquillar y reconstruir, cuando es posible, la apariencia que la familia reconoce. Jennifer prefiere trabajar con una fotografía en la que la persona se sintiera bien consigo misma. No basta con que un familiar pida labios rojos o un peinado determinado; quiere saber cómo esa persona elegía mostrarse en vida.
Antes de entrar al laboratorio también procura hablar con la familia. Pregunta qué ropa le gustaba, cómo era su carácter y qué recuerdos conservan. Luego lleva esa información a la mesa de preparación. Le cuenta al fallecido quién lo espera, qué dijeron sus hijos o sus nietos y por qué eligieron determinada prenda. Para Jennifer, esa conversación no es un adorno espiritual: es el centro de una práctica que se niega a tratar el cuerpo como un objeto.
Los casos que ella llama “rebeldes”
En el lenguaje personal de Jennifer, algunos cuerpos son “rebeldes”: aquellos de personas que murieron de manera repentina, violenta, accidental o por lesiones autoinfligidas. Ella interpreta ciertas dificultades del procedimiento —una rigidez intensa, instrumentos que se dañan, ropa que no ajusta o expresiones faciales difíciles de suavizar— como señales de que la persona no comprende o no acepta todavía su muerte.
Desde su perspectiva espiritual, hablarles puede cambiar el curso del trabajo. Les explica lo sucedido, les recuerda que su familia espera y les pide que permitan terminar la preparación. Procedimientos que se prolongan durante horas, afirma, a veces comienzan a fluir después de esa conversación.
Jennifer presenta estas interpretaciones como parte de su experiencia y de sus creencias, no como conclusiones científicas. Lo comprobable es que las muertes traumáticas añaden complejidad técnica y emocional: puede haber lesiones extensas, descomposición, fragmentación del cuerpo o imposibilidad de realizar una presentación abierta. En esos casos, quien prepara el cuerpo también debe ayudar a la familia a entender por qué no siempre es posible verlo o tocarlo.
La despedida visual puede ayudar a aceptar la realidad de la muerte, sostiene Jennifer. Cuando no es posible, la ausencia de ese último encuentro puede abrir preguntas difíciles en el duelo. Por eso insiste en que su oficio no termina en la morgue: también exige paciencia, lenguaje cuidadoso y la capacidad de acompañar a una familia en uno de los momentos más vulnerables de su vida.
Las historias que no caben en una explicación
Durante más de dos décadas, Jennifer dice haber vivido episodios que no logra explicar. En una ocasión preparaba el cuerpo de un niño de siete años que había muerto después de una enfermedad prolongada. Dejó la ropa que había llevado su madre sobre una mesa y, cuando fue a buscarla, la bolsa había desaparecido. Nadie más había entrado al laboratorio.
La madre le contó que al niño le gustaba esconder objetos y le sugirió cantarle dos rondas infantiles. Jennifer accedió. Cuando terminó, asegura, la bolsa estaba a los pies del niño, sobre una mesa diferente de aquella en la que la había dejado.
Otro relato ocurrió mientras preparaba a una joven madre cuya muerte había sido presentada inicialmente como un hecho confuso en medio de una riña. Jennifer cuenta que vio salir dos lágrimas claras de uno de sus ojos y que, al acercarse, experimentó una visión en la que la pareja de la mujer la atacaba dentro de su casa. Informó a la madre y a la hermana de la fallecida sobre lo que había percibido. Al día siguiente, según su testimonio, el hombre confesó ante la familia.
También recuerda a un adulto mayor cuya mano permanecía cerrada durante la preparación. Al tocarla, afirma haber recibido un mensaje para una nieta: debía buscar una llave en un mueble donde él guardaba zapatos y monedas. La joven habría encontrado allí documentos de tres propiedades que su abuelo le había dejado.
Son historias personales y extraordinarias. No constituyen pruebas científicas de comunicación con personas fallecidas y el artículo no pretende presentarlas como tales. Su importancia dentro del relato está en lo que revelan sobre Jennifer: la manera en que interpreta su oficio, la confianza que algunas familias depositan en ella y la frontera constante que, en su vida, separa la técnica forense de la espiritualidad.
Los mitos que aumentan el miedo
Trabajar tan cerca de la muerte también la ha convertido en destinataria de preguntas que muchas familias callan: ¿extraen órganos sin autorización?, ¿qué hacen para mantener cerrados los ojos y la boca?, ¿las cenizas entregadas corresponden realmente al ser querido?
Jennifer explica que la preparación puede incluir suturas en la boca, fijación de los párpados y taponamiento con materiales absorbentes para evitar la salida de líquidos y olores. Son procedimientos que suelen omitirse en las conversaciones con la familia porque resultan dolorosos de imaginar, pero que cumplen una función sanitaria y estética. Recomienda, además, no manipular innecesariamente el cuerpo, debido a la carga bacteriana y a los productos químicos usados en la conservación.
Frente a la cremación, señala que los hornos trabajan con un cuerpo por ciclo y que existe un proceso de identificación y trazabilidad asociado a cada servicio. Los restos óseos que no se reducen por completo pasan por un proceso posterior de pulverización antes de ser depositados en una bolsa identificada. También recomienda conservar las joyas en lugar de introducirlas al horno. Como regla práctica, las familias pueden pedir a la funeraria que les explique su protocolo, los controles de identificación y la cadena de custodia interna.
Su mensaje no es que todos los operadores sean infalibles, sino que el desconocimiento alimenta imágenes todavía más dolorosas. Conocer qué ocurre permite hacer preguntas concretas y elegir servicios formales que trabajen con estándares de bioseguridad, trazabilidad y trato humanizado.
La tanatología no se ocupa únicamente de la muerte
Jennifer entiende la tanatología como un campo que acompaña tanto a la persona que muere como a quienes permanecen. En Colombia, explica, el término suele convivir con denominaciones como tanatopraxista, tanatopractor o embalsamador, aunque en otros países se utiliza principalmente para describir el acompañamiento terapéutico del duelo.
Y el duelo no nace solo cuando alguien muere. También puede aparecer ante la pérdida de una mascota, una relación, la salud, la libertad, un proyecto de vida o un hogar. Esa mirada amplía la conversación: el dolor no depende únicamente del tipo de pérdida, sino del significado que aquello perdido tenía para la persona.
Para Jennifer, preparar un cuerpo y acompañar a una familia son dos caras del mismo oficio. Del lado de la morgue está la tarea de restituir una apariencia digna. Del lado de los vivos está la necesidad de comprender, despedirse y empezar a construir una relación distinta con quien ya no está.
| “Nada nos pertenece. Ni nuestra propia vida nos pertenece. Aquí decimos ‘mi mamá, mi papá, mis hijos’, pero son vínculos que la vida nos presta para compartir”. Jennifer Gómez |
Un restaurante para sentar la muerte a la mesa
La vocación de Jennifer salió de la morgue y llegó a un lugar inesperado: un restaurante de comidas rápidas en el sur de Bogotá llamado La Morgue de Jennifer. Allí recreó una sala de embalsamamiento y creó a Serafina, una figura con la que explica procesos como la necropsia, el embalsamamiento y la tanatoestética.
El menú utiliza términos del oficio y el espacio mezcla pedagogía, humor y una estética deliberadamente incómoda. La intención, dice, no es burlarse de la muerte ni de las familias, sino volver comprensible aquello que suele permanecer oculto. Niños y adultos pueden preguntar qué ocurre con un cuerpo y recibir una explicación sin el lenguaje del terror.
Serafina también funciona como una advertencia frente a la violencia de género: su historia está inspirada en el caso de una mujer víctima de feminicidio que marcó a Jennifer. De ese modo, el restaurante no solo busca reducir el miedo a la muerte; intenta convertirlo en una conversación sobre cuidado, límites y respeto por la vida.
La muerte como una forma de aprender a vivir
Después de miles de cuerpos, Jennifer no habla de la muerte con frialdad. Habla con familiaridad. Reconoce el dolor, pero rechaza la idea de que mirar la muerte de frente sea un acto oscuro. Para ella, aceptar que la vida termina no elimina el duelo: puede ayudarnos a valorar con más urgencia lo que todavía está presente.
Cada persona que llega a su mesa tuvo planes, afectos, errores y asuntos pendientes. Ese recordatorio la llevó a una certeza sencilla: no existe un cuerpo insignificante. La persona en situación de calle, el niño, quien estuvo privado de la libertad y la figura pública merecen el mismo cuidado. La dignidad no depende de la biografía ni del estado en que llega el cuerpo.
La entrevista se grabó el 19 de agosto de 2026, exactamente cinco años después de la muerte de mi hermano. Al final le pregunté a Jennifer si había sentido alguna energía en la casa. Ella respondió que percibía la cercanía de alguien que había muerto no hacía mucho. Le conté entonces la fecha y lo que significaba para mí.
Jennifer dijo que, más allá de cualquier idea sobre el alma, permanece la esencia de lo que una persona fue y sembró en los demás. Nadie puede borrar lo que significó un hermano, una madre, una hija o un amigo. “Solo mueren las personas que olvidamos”, afirmó.
Quizá esa frase resume mejor su historia que cualquiera de los episodios inexplicables. Jennifer trabaja con la evidencia física de que la vida termina, pero también con algo que una mesa de morgue no puede contener: la memoria, los vínculos y el amor de quienes siguen nombrando a sus muertos.
