Hay historias que desafían la lógica, la ciencia y las creencias personales. La de Israel Vargas es una de ellas. Periodista de profesión, acostumbrado a contar las historias de otros, terminó convirtiéndose en protagonista de un relato que asegura haber cambiado para siempre su manera de entender la vida, la muerte y aquello que podría existir después de ambas. Durante la pandemia de COVID-19 sufrió un paro cardiorrespiratorio mientras permanecía hospitalizado en una unidad de cuidados intensivos. Según su testimonio, permaneció clínicamente muerto durante 6,7 minutos. Lo que asegura haber vivido en ese lapso es el centro de una experiencia que hoy sigue generando preguntas, controversia y reflexión.
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Antes de aquella emergencia médica, Vargas llevaba una vida marcada por el ritmo acelerado del periodismo. Viajaba constantemente, realizaba cubrimientos internacionales, entrevistaba artistas y personalidades y dirigía contenidos para sus plataformas digitales. Como muchos, estaba concentrado en el trabajo, los proyectos y las metas profesionales. Hasta que en septiembre de 2020, tras asistir a un evento durante la pandemia, comenzó a presentar síntomas severos de COVID-19 que rápidamente lo llevaron al hospital. Lo que inicialmente creyó que sería una recuperación relativamente sencilla terminó convirtiéndose en una lucha desesperada por sobrevivir. Con el deterioro acelerado de su estado de salud, los médicos le informaron que debían intubarlo de inmediato. La saturación de oxígeno había caído a niveles críticos y el riesgo de muerte era inminente. Antes del procedimiento, recibió una tableta para despedirse de su familia. A través de una videollamada les pidió perdón por el tiempo que, según él, había dejado de compartir con ellos debido al trabajo y les expresó las palabras que pensó serían las últimas. Fue una despedida marcada por el miedo, la incertidumbre y la conciencia de que quizá no volverían a verse.
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Minutos después llegó el paro cardiorrespiratorio. Vargas afirma que todo se apagó de repente. Un silencio absoluto reemplazó los sonidos de la UCI. Mientras los médicos luchaban por reanimarlo, él asegura haber comenzado una serie de experiencias que aún hoy describe con precisión. Relata haber visto escenarios que iban desde lugares oscuros y aterradores hasta espacios llenos de paz y luminosidad. Habla de conversaciones, de encuentros con figuras que no logra identificar completamente y de situaciones que, según él, le mostraron aspectos de su propia vida, sus errores, sus juicios hacia otras personas y la manera en que había vivido hasta entonces.
Uno de los aspectos más impactantes de su relato es la sensación de haber presenciado su propio funeral. Vargas asegura que observó a familiares y conocidos llorando su muerte, escuchó conversaciones privadas y sintió el dolor de quienes pensaban que ya no regresaría. Para él, aquella experiencia representó una confrontación directa con el legado que una persona deja cuando parte. Más allá de las interpretaciones espirituales o religiosas que puedan hacerse, sostiene que fue un momento que le permitió comprender el peso que tienen las palabras, las acciones y el tiempo compartido con quienes amamos.
También asegura haber vivido momentos de profunda paz. Describe espacios luminosos donde desaparecía el dolor físico, la angustia y el miedo. En contraste con los escenarios oscuros que dice haber observado, esos lugares le transmitían una sensación de plenitud imposible de comparar con cualquier experiencia terrenal. Según su testimonio, fue allí donde recibió el mensaje de que debía regresar porque aún no era su momento.
Cuando finalmente despertó, comenzó un proceso de recuperación física y emocional que sería tan complejo como la propia enfermedad. No solo tuvo que enfrentar las secuelas del COVID-19, sino también encontrar una forma de comprender y explicar lo que, según él, había vivido durante aquellos minutos en los que los registros médicos indicaban ausencia de signos vitales. Con el tiempo decidió documentar su experiencia, convertirla en una película y compartirla públicamente, aun sabiendo que muchos la cuestionarían.
Hoy, años después de aquel episodio, Israel Vargas asegura que ya no ve la vida de la misma manera. Dice valorar más el tiempo con su familia, ser más cuidadoso con los juicios hacia los demás y entender la existencia desde una perspectiva distinta. No pretende convencer a nadie ni presentar su experiencia como una verdad absoluta. Por el contrario, insiste en que se trata de un testimonio personal. Sin embargo, sostiene que la principal enseñanza que regresó con él desde aquella experiencia es simple pero poderosa: la vida puede cambiar en un instante, y quizá el verdadero legado de una persona no está en lo que acumula, sino en la forma en que ama, perdona y acompaña a quienes la rodean.
Para algunos será una experiencia cercana a la muerte. Para otros, una vivencia espiritual. Para otros más, un fenómeno que la ciencia aún intenta comprender. Lo cierto es que la historia de Israel Vargas abre una conversación que ha acompañado a la humanidad desde siempre: qué ocurre cuando creemos haber llegado al final del camino.
