Lo que debía ser la última práctica universitaria antes de graduarse terminó convirtiéndose en una tragedia que cambió para siempre la vida de María José Romero, una joven de 25 años, y de toda su familia. El 5 de octubre de 2024, mientras se dirigía junto a sus compañeros a una salida académica organizada por su institución educativa, el bus en el que viajaba sufrió un grave accidente. En cuestión de segundos, los sueños de una estudiante de veterinaria que estaba a punto de culminar su carrera quedaron suspendidos entre ambulancias, cirugías, diagnósticos devastadores y una lucha diaria por recuperar su independencia.
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María José recuerda que el conductor parecía estar desorientado y que, minutos antes del siniestro, ella y una compañera percibieron un fuerte olor a caucho quemado. Los frenos comenzaron a fallar en una pronunciada bajada y el conductor advirtió que ya no había nada que hacer. El vehículo terminó estrellándose contra una peña. Ella quedó atrapada entre los hierros, con múltiples fracturas, sangre en uno de sus pulmones y una lesión medular que cambiaría por completo el rumbo de su vida. Tras varias intervenciones quirúrgicas, le implantaron dos varillas y diez tornillos en la columna. El diagnóstico fue contundente: paraplejia.
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Pero mientras María José luchaba por sobrevivir, su madre enfrentaba una pesadilla paralela. Carolina Rojas recibió la noticia a través de la madre de una amiga de su hija. La llamada llegó horas después del accidente. Entre la desesperación, los videos que comenzaban a circular y la falta de información oficial, Carolina creyó que María José había muerto. El recuerdo de otra tragedia volvió a golpearla de inmediato: años atrás había perdido a Sofía, su primera hija, una bebé de apenas 14 meses que falleció tras ahogarse accidentalmente en una piscina familiar. “¿Otra hija más?”, recuerda haberle gritado a Dios mientras corría para llegar al hospital.
Cuando finalmente vio a María José, la encontró consciente, pero sin sensibilidad en sus piernas y con un aspecto que, según relata, le revivió el dolor de la muerte de Sofía. Durante las primeras horas recibió diagnósticos contradictorios, enfrentó errores de comunicación médica y escuchó por primera vez la posibilidad de que su hija no volviera a caminar. Sin embargo, se aferró a una convicción que todavía sostiene: la fe. Desde entonces, la familia ha tenido que aprender a vivir en una nueva realidad. Las terapias, los medicamentos, las hospitalizaciones, las convulsiones y las complicaciones derivadas de la lesión medular han estado acompañadas de otra batalla menos visible: la económica.
Carolina perdió su empleo, su esposo quedó sin trabajo y gran parte de los tratamientos no han sido cubiertos completamente. Para salir adelante han organizado rifas, recibido ayudas de personas solidarias y adecuado su vivienda con los recursos que han logrado reunir. A pesar de todo, María José sorprende por su serenidad. Lejos de quedarse atrapada en el dolor, habla de los “obstáculos” como parte del camino y asegura que conocer a otras personas con discapacidades más complejas le ha permitido encontrar nuevos motivos para seguir adelante. “Para atrás no hay vuelta”, dice con una sonrisa que contrasta con la dureza de su historia.
La fuerza de Carolina también ha sido puesta a prueba. Confiesa que, después del accidente, tuvo pensamientos oscuros y sueños recurrentes relacionados con quitarse la vida. Sin embargo, asegura que siempre encontró una razón para continuar: sus hijos. Esa misma fortaleza la llevó a rechazar las voces que le pedían resignarse frente al diagnóstico de María José. Para ella, el amor de una madre y la fe siguen teniendo la última palabra. En medio de tanta incertidumbre apareció también una nueva luz. Meses después del accidente, Carolina descubrió que estaba embarazada.
Así llegó Guadalupe, una niña que la familia describe como un regalo inesperado y un motivo para volver a creer. Carolina asegura que su llegada le devolvió algo de calma y esperanza en los momentos más difíciles. Hoy, mientras continúan enfrentando tratamientos, limitaciones físicas y dificultades económicas, Carolina, María José, su esposo Julián y el resto de la familia intentan reconstruir sus vidas. Lo hacen a través de pequeños emprendimientos, como la fabricación artesanal de velas, y de una convicción que se repite a lo largo de toda su historia: aunque la vida les arrebató mucho, todavía no les ha quitado la capacidad de seguir luchando. Porque detrás de esta historia no solo hay una joven que intenta volver a ponerse de pie. También hay una madre que, después de perder una hija y enfrentar el riesgo de perder otra, decidió convertir el dolor en una razón más para seguir adelante.
